Lo que nació como una respuesta a la crisis económica de 2001, con miles de argentinos buscando comida en las calles, se ha transformado en un pilar de inclusión social y cuidado ambiental en la Ciudad de Buenos Aires. La Cooperativa Recuperadores Urbanos del Oeste (RUO), formalizada en 2008, es un ejemplo de resiliencia y organización que procesa 850 toneladas de residuos sólidos urbanos al mes, brindando trabajo digno a más de mil familias.
La historia de RUO es un testimonio de la lucha social por la unidad y la dignidad. Eduardo Catalano, Coordinador del Servicio de Recolección Domiciliaria del GCABA y de proyectos en RUO, recuerda: “La cooperativa se forma oficialmente en 2008, pero tiene una historia anterior que data del año 2000-2001, donde estalla la crisis económica, política, social y se vuelcan a la calle más de 50,000 personas en la Ciudad de Buenos Aires a, en primer lugar, juntar comida”. Con el tiempo, el cartoneo se convirtió en una fuente de ingresos.
Elena Orellana, Presidenta de RUO y socia fundadora, rememora esos tiempos dificiles: «Éramos cartoneros independientes (…) del 2001 que tuvimos que salir a la calle. No cobrábamos nada, no teníamos nada en la calle, no teníamos equipo de ropa, identificación solamente los DNI nuestros, no teníamos obra social».
Un punto de inflexión fue la organización incipiente. Alejandro Gianni, referente de la cooperativa, narra cómo «empezamos a hacer una olla popular que era el lugar donde nos juntábamos todos para discutir qué pasos seguir». Este espíritu cooperativo fue clave, así en 2003, la sanción de la Ley 992 otorgó un marco jurídico a la actividad, reconociendo a los cartoneres como recuperadores urbanos en la gestión de residuos. «Ahí empieza un largo camino», recuerda Catalano, destacando las luchas por mejoras que incluyeron la incorporación al monotributo social, obra social y aportes jubilatorios.
RUO opera dos plantas: una de procesamiento en la calle Varela (Bajo Flores) y un centro de transferencia y preclasificación en la calle Yerbal (Caballito Oeste), que también funciona como un vital centro social y educativo. «La planta (de Varela) es como el corazón de la cope, porque todo viene acá para reciclar», comenta Orellana. El material llega a través de la recolección domiciliaria, los contenedores públicos, los Puntos Verdes en plazas así también de medianos y grandes generadores como empresas y fábricas.
La misión de la cooperativa va más allá de la gestión de residuos. “La misión de la cooperativa fundamentalmente es volver el reciclado un trabajo digno”, subraya Gianni. Este trabajo digno se traduce en el sustento de más de mil familias y en un impacto ambiental significativo. “El cartonero es un actor nuevo que aparece para decir ‘che, no entierren todo’ (…) Hay que volverlo al mercado. Y con eso, ¿qué hacemos? Cuidamos también el medioambiente”, añade Gianni, resaltando cómo la cooperativa ayuda a mitigar el cambio climático y reducir la huella de carbono.
La Cooperativa RUO invita a la comunidad a involucrarse. «Si el vecino separa, aporta sustancialmente a la vida de aquellos que se dedican a la recolección de ese material y su procesamiento», concluye Catalano. Un pequeño gesto que, multiplicado, tiene un enorme impacto social y ambiental, demostrando que de las crisis puede surgir una organización que dignifica el trabajo y cuida el planeta.

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